El vivero del Proyecto Forestal Ibérico completará las 100 especies del «Arboreto 100 Félix» añadiendo a las 80 que aporta el vivero de Maceda, Orense, del Grupo Tragsa, las 20 especies que nos faltaban. Presentamos aquí al nuevo patrocinador de este homenaje colectivo a Félix Rodríguez de la Fuente en su Centenario.
Julio Vergara, productor de futuros bosques

Julio Vergara convirtió en Villamalea, Albacete, el almendral que heredó de su padre en un vivero capaz de germinar y producir las especies de árboles y arbustos de la flora ibérica. Su nombre no figura por ninguna parte en Internet, ni en la prensa escrita, ni siquiera en la web y el catálogo de su propia empresa. Este reportaje repara la modestia con la que ha llevado a cabo una gesta sin igual, un trabajo incesante que dura ya 36 años.
Texto escrito por Benigno Varillas
con el Agente Hermes de la IA z.ai.
Cuando la Administración española quiera admitir y reparar el destrozo que causó al paisaje y a la naturaleza con la política forestal que aplicó en los últimos 80 años, y ordene retirar las repoblaciones de hileras de pinos; sustituir los eucaliptos por robles, encinas y alcornoques que en su día fueron; devolver a las riberas sus fresnos, sus olmos, sus sauces, y a las sierras sus serbales, sus mostajos, sus tejos, tendría que hacer una llamada al nordeste de Albacete, concretamente al contestador automático del teléfono fijo: 967483549 de la calle Mayor, nº 36, de Villamalea, pueblo albaceteño de mil habitantes rodeado de viñedo manchego en la confluencia de Cuenca, Valencia y Albacete. En el vivero del Proyecto Forestal Ibérico encontrará la planta que necesita.
Si una entidad o persona quiere restaurar con su flora genuina una ladera quemada en Asturias, una rambla murciana o un carrascal aragonés; si una confederación hidrográfica quiere devolver a su cauce el bosque de ribera que sus excavadoras «correctoras» de cauces destruyeron; si un parque nacional necesita reforzar una población de tejos con ejemplares de su misma procedencia genética y no de un vivero comercial, cruzado y anónimo, ya sabe a quién llamar. Existe catálogo, precio asequible, semilla con origen documentado y alguien al otro lado de la línea telefonica que sabe cómo hacer.
El Proyecto Forestal Ibérico está en plena capacidad productiva, tras décadas de experimentar en cómo germinar y reproducir la totalidad de las especies leñosas de la flora ibérica. Pero, tras conseguir llegar a tenerlas todas bajo control, con una red de colaboradores que facilita recolectar la semilla de las distintas variedades locales de prácticamente cualquier especie de árbol en España, y un arboreto con 200 especies produciendo semilla, a quien inició y lleva esta titánica iniciativa en defensa de la flora española le han dado en 2026 la noticia más nefasta que pudiera oir. En la gestoría le han comunicado que por haber llegado a los 65 años de edad le toca jubilarse… Nada más lejos en su mente que retirarse de lo que para él no es un trabajo, sino su vida, pero ese aviso, esa «hoja roja» que diría Delibes, le ha recordado que todo es finito y ha de preocuparse de que el proyecto que inició y ha llevado a buen puerto pueda continuar cuando él desfallezca.
Llevamos más de una página hablando de un proyecto sin igual, sin dar el nombre del autor de semejante gesta. Es intencionado para reflejar un hecho insólito. La IA que colaboró redactando el texto en bruto de este artículo, constantemente se dirigía al autor diciéndole que, con toda su inmensa capacidad de buscar en Internet, no encontró en ningún sitio el nombre del autor de este proyecto. Ni una mención en WEB’s de ONG conservacionistas, ni entrevistas en medios de comunicación, ni una sola cita en documento alguno. Ni siquiera firma la carta que abre el catálogo anual de su vivero, ni sale por ningún lado en las 52 páginas de las fichas técnicas que inventarían su obra. Este reportaje quiere subsanar ese olvido: la historia del Proyecto Forestal Ibérico es, de principio a fin, la de Julio César Vergara.

El heredero del almendral
Esta historia no es la de ninguna administración pública ni la de un plan estratégico oficial. La inició un hombre en solitario, en contra de su propio paisanaje. A finales de la década de 1980 Julio Vergara se hizo cargo de una finca familiar de más de cien hectáreas en el término de Villamalea, plantada de almendros por su padre hacía décadas. Un almendral que había dado de sí lo que podía dar una tierra de inviernos y veranos duros. Vergara, que conoce la flora ibérica como quien ha nacido en ella, se hizo la pregunta que nadie se hacía entonces en el campo español: ¿y si esta tierra sirviera para producir el bosque autóctono de España?
Los viveros comerciales despreciaban esa flora —«arbustos y árboles de escaso interés para la silvicultura industrial», en palabras del propio proyecto— pero, sin ella, no había forma de repoblar, de restaurar riberas, de reconstruir hábitats del oso, del ciervo o del urogallo.
Conviene subrayarlo, porque invierte la idea más plausible de que fueran las ONG las que tuvieron la idea y buscaron un terreno. Fue el hijo de un agricultor de Albacete el que buscó la alianza de FAPAS —el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes, que defiende al oso pardo y su hábitat en la Cordillera Cantábrica— y de ADENA, la Asociación para la Defensa de la Naturaleza, sección española del WWF, pionera del conservacionismo ibérico. Necesitaba respaldo, credibilidad y cultura conservacionista; ellas necesitaban exactamente lo que nadie les ofrecía: alguien capaz de producir planta autóctona ibérica con garantías. La alianza se cerró, y en el invierno de 1990 arrancó el Proyecto Forestal Ibérico sobre las raíces viejas del almendral familiar.
Durante los primeros años, el sello de FAPAS y WWF acompañó al proyecto en su singladura «hace ahora 35 temporadas», como recordaba la carta a los clientes de otoño de 2025. Pero el vivero crecía año a año en volumen, en complejidad técnica y, contra todo pronóstico, en éxito económico. Y los dirigentes de ambas organizaciones, absortos en sus propias batallas —las campañas del oso, la política ambiental—, no podían dedicarse también a un proyecto de esta envergadura. Al cabo de los años, FAPAS y WWF se retiraron de forma amistosa como lo había sido la alianza. La buena relación no se rompió pero tuvo que navegar en solitario.
Una empresa rentable gobernada por principios conservacionistas
Vergara convirtió el vivero en una sociedad limitada. Los ingresos de la venta de planta y semilla, crecientes campaña tras campaña, le permitieron desarrollar el proyecto de forma rentable en el paraje de Huerto Urraco, colindante con la Reserva Natural de las Hoces del Río Cabriel, uno de los cañones fluviales mejor conservados de la meseta sur. Una rentabilidad gobernada desde el principio por la idea de la regeneración de la flora ibérica y el apoyo a la causa conservacionista, antes que por el mero beneficio económico.
En el catálogo conviven sin jerarquía el pinsapo andaluz y el cerezo silvestre; nadie que priorice el margen dedica tiempo a germinar un mostajo. La rentabilidad, en Villamalea, nunca fue el objetivo: fue la consecuencia de hacerlo bien. El resultado de esa terquedad es el catálogo de la temporada 2025-2026: 52 páginas y 212 fichas de especies —entre frondosas, coníferas y efedras ibéricas, frutales forestales silvestres y pistachos—, cada una con su nombre científico y vulgar, su hábitat, su edad en savias, su presentación, su mapa de distribución peninsular y el dato del origen geográfico de la semilla con que se produjo cada lote: 188 procedencias declaradas.
Del abeto común (Abies alba) del macizo pirenaico al pinsapo (Abies pinsapo) de las sierras de Málaga y Cádiz. De la sabina albar (Juniperus thurifera) —«temperamento durísimo», capaz de colonizar páramos y yesos— que abre el catálogo, a los nueve sauces de ribera, a las jaras, a las tres efedras, al palmito, a la flora balear. Del serbal de cazadores al cornejo, de la retama al escambrón o ciruelo silvestre, «agriotipo o ancestro salvaje de todos los prunos domésticos de frutos azulados». Y en la sección de frutales forestales, ya en planta grande de 9 litros, el arzollo, el madroño, el agracejo, el algarrobo o el avellano. La geografía de procedencias se lee como un mapa de España en otoño: Cordillera Cantábrica, Macizo Galaico, Pirenaico, Sistema Ibérico septentrional y meridional, Sistema Central, Penibético, Sierra Nevada, Sierra Morena, Montes de Toledo, Meseta Castellana, Valle del Ebro, serranías levantinas, litoral, Baleares… Esa es la huella de la red de recolectores que Vergara ha ido tejiendo en paralelo: colaboradores que saben dónde fructifica cada población local y cuándo cae su semilla, con la ventana justa de unas semanas —a veces días— al año. Y una exquisitez técnica que delata el nivel: para el álamo blanco se ofrecen genotipos puros, esquejes de pies inequívocamente silvestres, al margen de los clones de chopera que pueblan las riberas españolas. Los precios desmontan el tópico de que lo autóctono es un lujo: la planta en bandeja forestal cuesta entre 1,05 y 2,90 euros por unidad según especie y volumen, con descuentos a partir de mil pies. Repoblar con la flora genuina de cada sitio no solo es posible: es barato. Lo caro era no tener a quién encargárselo.
Estratificaciones en frío, escarificaciones, tratamientos hormonales, siembras en el momento exacto, sombras de cribado en el verano. Saber despertar a las más de doscientas especies leñosas ibéricas —las fáciles y las imposibles, las de testa dura como piedra y las de viabilidad fugaz— es un conocimiento que se acumula cosecha a cosecha, error a error, invierno a invierno. En el caso de Julio Vergara durante 36 años.
Las últimas páginas de su catálogo lo demuestran sin alardes: listados que clasifican el inventario entero por funcionalidad ecológica —especies indiferentes a la naturaleza del sustrato, aptas para suelos ácidos o básicos, idóneas para riberas y cauces, fijadoras de taludes—. No es un catálogo de plantas: es una caja de herramientas para reconstruir ecosistemas, con un arboreto naturalizado con más de 200 especies fructificando en tierras que miran al río Cabriel.
De la ecología a la economía: las maderas más caras de Europa
Investigando qué maderas nobles pueden crecer en suelos pobres, Julio Vergara vio que las más caras y valiosas no son exóticas ni tropicales, sino ibéricas: el mostajo negral (Sorbus latifolia); el serbal común o azarollo (Sorbus domestica), seguidos de cerca por el serbal silvestre (Sorbus torminalis), el mostajo lobulado, el mostajo común, el nogal ibérico o rinconero (Juglans hispanica), el peral silvestre, el manzano montés y el cerezo silvestre.
El género Sorbus —los serbales, esas discretas y duras especies que la selvicultura española ignoró siempre— encabeza la lista de las maderas más cotizadas de la ebanistería europea de lujo. Un dato que convierte la restauración con flora autóctona en una inversión a largo plazo, de décadas, no en un gasto: repoblar con serbales y nogales ibéricos es crear patrimonio maderable además de ecosistema. A esa línea, Julio sumó la apuesta por el pistacho ibérico, que explora la frontera entre lo forestal y lo agrario. Pionero en el sector, produce el único pistacho del mundo con sello de agricultura biodinámica, con mercado en países de gran poder adquisitivo.
La labor de Vergara durante 36 años hasta producir 212 especies, el arca de Noé forestal de España no ha sido aún reconocida con premios, ni entrevistas de prensa o semblanzas en alguna parte. La única referencia pública que lo identifica es la de la web del «Arboreto 100 Félix», iniciativa de los naturalistas que editan la revista El Cárabo, que se propone plantar en el invierno de 2026/27 cien árboles que conmemoren el 100 aniversario del nacimiento de Félix Rodríguez de la Fuente, el 14 de marzo de 2028, y cita a Vergara entre los que apoyan con su vivero esa iniciativa.
El momento del relevo
El Proyecto Forestal Ibérico ha llegado a su madurez y máxima capacidad productiva justo cuando España se ha comprometido a recuperar cientos de miles de hectáreas en el marco de la normativa europea de restauración de la naturaleza; cuando los megaincendios exigen repoblaciones inteligentes y cuando la comunidad científica insiste en que solo la diversidad genética dará resiliencia a los bosques del futuro. El cuello de botella de esa política es disponer de planta autóctona de procedencia local y saber producirla.
En un país que perdió sus grandes bosques y pasó un siglo entero repoblando mal, tener un archivo vivo con toda la flora leñosa ibérica —y la gente que sabe hacerla nacer— no es una noticia sectorial. Es, literalmente, tener guardado el futuro del bosque.
A sus años, con el proyecto consolidado y el relevo técnico asegurado, Vergara sigue en la trinchera de siempre: la recolección de semilla, los viveros, el teléfono de la calle Mayor. Los árboles que produce crecen hoy en decenas de miles de hectáreas del territorio español, pero no tiene relevo. Busca a quien quiera y pueda continuar su labor cuando las fuerzas le fallen. Pero no encuentra quien quiera seguir con su visión de servicio a una causa.
Tampoco encuentra empresas o instituciones que apoyen su última idea, recuperar especies en peligro de extinción de árboles y arbustos. No puede dedicarse a producir plantones de 200 especies y a la vez vender la imagen de lo que hace. Necesita encontrar quienes puedan aportar al Proyecto Forestal Ibérico ambas capacidades.
Ficha del Proyecto Forestal Ibérico
Vivero de producción de los árboles y arbustos de la flora ibérica iniciativa de Julio Vergara, en el paraje Huerto Urraco, término de Villamalea (Albacete), entorno de la Reserva Natural de las Hoces del Río Cabriel — C/ Mayor, 36, 02270 Villamalea — tel. 967 48 35 49 — administracion@proyectoforestaliberico.es.


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